Hay colores que simplemente vemos. Y hay colores que cambiaron la historia.

Durante el Renacimiento existía un pigmento tan valioso que su precio podía superar al del oro. Su nombre era ultramar, un azul intenso obtenido a partir del lapislázuli, una piedra semipreciosa extraída principalmente de Afganistán.

Debido a su rareza, al largo proceso necesario para convertir la piedra en pigmento y a la dificultad de transportarlo hasta Europa, su valor alcanzó niveles extraordinarios.

Por esa razón, los artistas no utilizaban este azul en cualquier parte de una pintura.

Era reservado para los personajes más importantes, especialmente los mantos de la Virgen María, como símbolo de pureza, respeto y prestigio. Incluso algunos pintores cobraban este pigmento por separado a quienes encargaban una obra.

Johannes Vermeer, por ejemplo, se enamoró tanto del ultramar que lo utilizó con frecuencia en sus pinturas, a pesar de su elevado costo.

Hoy cualquier artista puede comprar un tubo de azul ultramar por unos pocos dólares. Sin embargo, hace apenas unos siglos, ese mismo color era considerado un lujo reservado para unos pocos.

El arte también tiene historias escondidas en sus colores.

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